Pocas son las personas, pedagogos, psicólogos, docentes o no, que no crean que estamos en una nueva era del papel de la educación y de qué o cómo educar.

Pocos son también los que no consideran al docente como una de las partes más importantes en un proceso educativo. No es muy importante insistir en el papel del docente como académico o como instructor porque esa ha sido su labor más frecuente. Quizás sería conveniente hacer mención que en términos académicos sería interesante olvidarnos de la memorización y enseñar a pensar y a mantener un orden mental.

Es mucho más interesante plantear la labor de un docente como un líder carismático capaz de intervenir y conducir todo aquello que acontece en un aula. Un docente preocupado por educar la inteligencia afectiva, la inteligencia ejecutiva es un maestro que educa lo GRUPAL, que trasmite imagen, valores y acciones.

Un tercera dimensión de un docente debería enfocarse al aspecto tutorial o preceptual, esto es, dedicarse a aconsejar en todo aquello que el alumno no se atreve a contar ni siquiera a sus padres. La base de la acción no es otra que la amistad y la confianza.  A través de este proceso de educación individualizada el alumno desarrolla su proyecto de vida, aprende el uso adecuado de la libertad, orienta inquietudes personales o contribuye a la toma de decisiones del alumno.

Educar es, pues, una labor mucho más compleja que ponerse delante de un pizarrón o de un ordenador .